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Asociarse para Crecer: Cooperativas del Siglo XXI Como Nuevas Familias del Suelo

Actualizado: 26 nov 2025

Antes de que existieran las sociedades anónimas, los fondos de inversión y las startups con nombres en inglés, ya existía algo mucho más antiguo: la fuerza de hacer cosas juntos. No aparece en los manuales de administración, pero vive en las cosechas compartidas, en el costal que se llena entre varias manos, en la decisión silenciosa de no abandonar al vecino en tiempos de sequía.

El suelo lo sabe mejor que nadie.

Bajo nuestros pies ninguna raíz crece sola.

Si uno pudiera mirar con ojos de tierra, vería una coreografía subterránea: raíces de árboles distintos que se rozan, se prestan nutrientes, se avisan de las plagas, se distribuyen el agua como si hubieran firmado un pacto invisible. No tienen estatutos ni actas constitutivas, pero han entendido algo que al humano le ha costado siglos nombrar: la cooperación es una forma de inteligencia.

En el siglo XXI, las cooperativas vuelven a aparecer como si fueran viejas semillas encontradas en un granero olvidado. Reaparecen en un mundo saturado de individualismo y competencia, como un antídoto suave y radical a la vez. No son una moda; son un regreso. Un recordatorio de que crecer no siempre significa ganar solo, sino aprender a sostenerse mutuamente sin abandonar la dignidad.

En estos nuevos agronegocios, la cooperativa deja de ser solo una figura legal y se vuelve una familia del suelo. Productores, artesanos, técnicos, recolectores de datos, programadores rurales, todos alrededor del mismo territorio, no como empleados de un dueño distante, sino como coautores de la historia económica que ahí se escribe.

Una cooperativa del futuro no se reúne únicamente para repartir utilidades, también se reúne para leer al clima, interpretar al mercado y escuchar al suelo.

Hay asambleas donde no solo se vota: se escuchan reportes de sensores, se analizan modelos predictivos, se comparten aprendizajes que antes se consideraban secretos de cada quien. La información, que en otros lugares es poder acumulado, aquí se parece más a la lluvia: para que funcione tiene que caer sobre todos.

Las decisiones importantes no se toman en pisos altos de cristal, sino en mesas largas donde la gente llega con manos manchadas de tierra y pantallas manchadas de datos. Entre el café y las gráficas, alguien recuerda a sus abuelos cultivando sin tecnología y otro imagina cómo será sembrar con inteligencia artificial. La cooperativa se vuelve entonces un puente entre tiempos: un lugar donde la memoria campesina y la imaginación tecnológica se sientan lado a lado.

No idealicemos: asociarse también duele.

Compartir implica renunciar a un poco de control, aceptar que la voz propia tendrá que mezclarse con otras. Aparecen desacuerdos, errores, sospechas. Pero igual que en el suelo, donde algunas raíces compiten por agua mientras otras la distribuyen, la cooperativa aprende a encontrar un equilibrio. No es perfecta, es viva.

En estos territorios imaginados, las nuevas cooperativas ya no solo compran insumos al mayoreo o venden producción conjunta; programan algoritmos, negocian precios de carbono, diseñan marcas compartidas, crean sus propias monedas digitales para que el valor no se fugue lejos del campo. Se convierten en pequeños ecosistemas económicos, capaces de sostener una comunidad entera sin pedir permiso a las estructuras de siempre.

Asociarse para crecer, aquí, no es una consigna de campaña ni un eslogan publicitario: es una decisión íntima. Es el gesto de decir: "No quiero crecer solo, porque crecer solo es otra forma de empobrecer".

En la tierra, cada raíz aislada es frágil.

En la economía del mañana, cada individuo aislado también.

Por eso, al mirar estos nuevos modelos de cooperativas, uno tiene la sensación de estar viendo algo más que una organización: parece una traducción humana de lo que el suelo ha hecho desde siempre. Redes discretas, apoyo mutuo, intercambio silencioso de nutrientes y mensajes. Nuevas familias del suelo, no porque vivan bajo tierra, sino porque aprenden de ella.

El viaje apenas inicia: estas cooperativas serán la estructura emocional y económica sobre la que se sostendrán las tecnologías que vendrán después.

Sin esta red de confianza, ningún avance será duradero.

Sin estas familias del suelo, no habrá futuro que valga la pena imaginar.

 
 
 

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